Una consulta empieza siempre igual. Con una conversación trivial. Y entonces vuelvo a preguntar lo mismo —¿cómo estás?— pero esta vez me quedo en silencio. Y escucho.
LeerUna consulta empieza siempre igual. Con una conversación trivial: cómo estás, qué tal la semana, algún comentario sobre cualquier cosa sin mayor importancia. Y entonces vuelvo a preguntar lo mismo —¿cómo estás?— pero esta vez me quedo en silencio. Y escucho.
Mientras la persona habla, mi atención comienza a iluminar ciertas palabras, ciertos gestos, frases que en un primer momento no parecen guardar relación entre sí. No interrumpo. No apruebo ni desapruebo con el rostro. No devuelvo, todavía, ninguna reacción que pueda condicionar lo que vendrá. Solo escucho, y dejo que esas señales dispersas se acumulen. Llega un punto en que son tantas que empiezan a ordenarse por sí solas, a buscarse unas a otras, y entonces aparece algo: casi siempre, dentro de un discurso a veces muy elaborado, late un mensaje que la persona no está enunciando de manera directa. A menudo, uno que ni ella misma sabe que lleva dentro.
Cuando llega el silencio —ese silencio particular que indica que ya se ha dicho todo lo que había que decir— recién entonces hablo. Y lo hago con sus propias palabras, devolviéndole aquello que expresó entre líneas, sin añadir nada que sea mío.
Para mí, escuchar es eso: contemplar la vulnerabilidad de alguien que se abre para mostrar algo que quizá ni conscientemente alcanza a ver. Leerlo sin sesgo, sin juicio, sin la prisa de responder. Es, probablemente, el acto clínico más subestimado de toda la medicina, y el que más me ha enseñado.
Pienso en una paciente —una de las que más quiero, y de las que más me han enseñado en todos estos años—. Joven, de rasgos llamativos, de esos que cumplen sin esfuerzo los cánones de belleza; elegante, articulada, dueña de una seguridad que llenaba la consulta. Y, sin embargo, al principio hablaba mucho y no decía nada. Todo sonaba interesante, inteligente, impecablemente argumentado: quería realizarse varios procedimientos, cada uno justificado con lucidez. Pero debajo de esa arquitectura no había suelo. Era como si se estuviera narrando una historia a sí misma, una que hacía tiempo había dejado de representarla.
En un momento se lo dije: te das cuenta de que hablas mucho y en realidad no me dices nada. Tienes una presencia fuerte, casi abrumadora, pero todo suena hueco. ¿Qué es lo que de verdad quieres decir?
Se me quedó mirando. Y dijo: "No sé qué quiero. Solo quiero que no me dejen de querer porque ya no me veo bonita."
Ahí estaba todo. Le respondí que, antes de decidir qué hacer con su rostro, necesitaba poder nombrar lo que sentía de verdad —para distinguir lo que ella deseaba de lo que imaginaba que los demás esperaban de ella—. Y al examinarla con calma apareció el resto: hipotiroidismo, aumento de peso, resistencia a la insulina, varios desajustes encadenados. Su piel, su expresión, el cansancio sedimentado en el rostro, no eran un problema dermatológico. Eran la superficie donde un sistema entero, desregulado, estaba escribiendo su estado con una claridad que solo había que saber leer. La cara no pedía un procedimiento. Pedía que alguien interpretara lo que estaba diciendo.
Le propuse empezar por ahí. Devolverle al cuerpo el equilibrio perdido, y dejar lo estético para más adelante.
Cuando ese equilibrio regresó, la piel regresó con él: la textura, la luminosidad, la expresión, hasta la ansiedad que se había instalado en su gesto y que ella ya había confundido con su carácter. Y entonces comprendió algo que ningún procedimiento le habría enseñado. Era hermosa. Siempre lo había sido. Lo que necesitaba no era simular una belleza ausente, sino recuperar la que el desequilibrio había ido borrando. Terminó haciéndose una fracción de lo que vino a pedir, porque lo demás, sencillamente, dejó de hacerle falta.
He aprendido más de ella, a lo largo de los años, que de muchos tratados. Ha sido una suerte de enciclopedia viva de algo que cuesta enseñar: cómo la piel es la vía por la que un organismo expresa aquello que no puede decir de otro modo, hasta el punto en que el paciente deja de reconocerse en el espejo. Y cómo la respuesta no se encuentra casi nunca en la superficie, sino en devolverle al sistema lo que le falta. Cuando eso ocurre, la piel vuelve a expresar el equilibrio recuperado, y la necesidad de simular se reduce a lo que es verdaderamente justo y necesario —ni más, ni menos—. Pero esa lectura solo es posible si uno se ha tomado, antes, el trabajo de escuchar.
¿Por qué la medicina dejó de escuchar? En parte es el tiempo: diez o quince minutos no alcanzan para nada de esto. Pero sería demasiado fácil culpar únicamente al reloj. Hay algo más hondo. La creencia de que todo puede ser rápido y simple, de que nada tiene consecuencias, de que si no lo hago yo lo hará otro. La presión económica. La competencia. Esa pendiente silenciosa por la que el interés genuino por el paciente se desliza, sin que nadie lo decida del todo, hacia el interés comercial.
No culpo al médico. El mundo entero empujó a la medicina hacia ese territorio de velocidad y superficie, y el médico quedó atrapado en una exigencia casi inhumana. Los pacientes también forman parte de esa corriente: muchos llegan persuadidos de que el procedimiento, la simulación, los hará sentir mejor. La consulta se vuelve transacción. Y en la transacción se pierde lo esencial: el tiempo de mirar a alguien y entender qué le ocurre de verdad.
No tengo un consejo para el médico joven. Tengo, más bien, una convicción sobre lo que nos corresponde. Antes que intervenir, educar. Antes que ofrecer, comprender qué es prioritario para el paciente y qué es realmente lo mejor para él. No desde una posición moral —no me interesa el sermón— sino desde la ciencia y desde la coherencia.
No se trata de negar el procedimiento. Los procedimientos, bien indicados, mejoran la vida de las personas. Se trata de saber qué, cuándo y cuánto. Y eso, casi siempre, solo se sabe después de haber escuchado.
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